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Llegó a un punto

en que no sabía qué botón pulsar del portero automático,

bebía de los charcos porque así

me lo enseñaron las mugrientas palomas,

le ladraba a sucesivos contenedores

que derramaban su basura

dentro de una gran bestia rugiente.

Al final

junto a una acera, encontré un recuadro

de tierra que no era buena tierra pero en ella crecía

un árbol raquítico árbol pero árbol al fin y al cabo.

Lo miré un instante, olisqueé el aire,

trepé por él y ya

nunca

volví

a bajar.

 

DAVID TRASHUMANTE

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